Los ‘gustos personales’: la nueva guarida de la homofobia


Hoy nos topamos con este nuevo justificativo, la nueva ‘opinión personal’, el nuevo ‘terreno prohibido’ en la que los demás al parecer no tenemos injerencia. Lo vemos a diario: “no locas, no femeninos, no plumas, solo varoniles, discretos, serios. Pero ojo que no es homofobia, son mis gustos personales.”
Hasta hace poco la homofobia se camufló exitosamente bajo el eufemismo de ‘opinión personal’ en la población general: “yo creo que los gays están enfermos, yo creo que son pervertidos, pero es mi opinión personal”. Así se trataba de validar el discurso discriminatorio aludiendo arbitrariamente a la libertad de expresión y al libre albedrío. Y claro, para nuestras mentes poco críticas e ignorantes de aquel entonces la ‘opinión personal’ parecía un terreno prohibido, porque ‘nada podíamos hacer’ frente a ella más que ‘respetarla’.
Luego de corrientes feroces de ideologías y deconstrucción, tomamos consciencia de que la homofobia no es ajena al mundo gay y que, de hecho, en él pasa más desapercibida porque, claro, para un ojo acrítico no habría forma en que el desprecio por gays se de entre gays. Hace algunos años nos dimos cuenta que no era así. A partir de ello, la nueva excusa en la que se escabulle la homofobia para ocultarse, cultivarse y tratar de mantenerse dentro de la comunidad gay es la de los ‘gustos personales’.
Hoy nos topamos con este nuevo justificativo, la nueva ‘opinión personal’, el nuevo ‘terreno prohibido’ en la que los demás al parecer no tenemos injerencia. Lo vemos a diario: “no locas, no femeninos, no plumas, solo varoniles, discretos, serios. Pero ojo que no es homofobia, son mis gustos personales.”
De primera parece ser un motivo bastante sensato, claro, uno no puede esperar que a todxs les gusten todxs. Es cierto, todxs tenemos gustos personales distintos que se han construido históricamente a nivel personal y social. Sin embargo ¿Están los gustos personales por eso libres de homofobia? Pienso que responder “Sí” a esa pregunta es, por lo menos, pecar de inocencia y pasar por alto muchas, muchas, cosas.
Es fácil tratar de justificar nuestros discursos de odio internalizados con eufemismos o relativizando conceptos, mucho más fácil que reconocer que los tenemos. Cada vez que leo o escucho que a Juanito le gustan los hombres bien masculinos y que no por eso hay homofobia en él yo me pregunto: ¿Se ha preguntado alguna vez Juanito de dónde cree que sacó esos gustos personales? ¿Alguna vez Juanito se cuestionó si quiera cómo se construyen los gustos, cómo internalizamos una imagen y actitud que interpretamos como atractiva o deseable? ¿Ha reflexionado Juanito sobre los procesos psicosociales que anteceden al binarismo deseable/indeseable? ¿Será consciente de cómo se conjugan los discursos hegemónicos en nuestra construcción personal y social durante nuestra vida para llegar a configurar lo que es un ‘gusto personal’?
La pregunta de base sería ¿Son tus gustos personales algo netamente tuyo, que has construído voluntariamente a lo largo de tu vida, o bien, que te vienen dados de forma innata? Quienes manejan nociones de antropología o sociología ya saben la respuesta y es: no.
Más allá de dar cátedra sobre la construcción sociocultural de nuestros gustos, debemos ejercer el auto-cuestionamiento y darnos el tiempo de ponernos a nosotrxs mismxs en tela de juicio: que machos, que varoniles, que discretos, serios, que ojalá grandes, ojalá con vello, ojalá trabajado, ojalá con voz gruesa, ojalá deportista, ojalá brusco y tosco… ¿No es eso detrimento de la femeneidad? ¿No es eso un discurso hegemónico? ¿No es eso el excelente producto de una sociedad machista, cuyo discurso hemos internalizado? ¿No es esa una válvula, de tantas, por las que escapa nuestro machismo y homofobia y no lo podemos (ni queremos) ver? ¿Acaso no te das cuenta de lo patriarcal?


Es triste notar que pese a décadas de reflexión, estudio y construcción la imagen del ente supremo de la sociedad ‘El macho viril’ con todas sus características asociadas sigue siendo un miembro activo de cómo interpretamos nuestras relaciones, y más triste aún es notar que hay quienes no lo quieren ver o incluso que no hacen ni el más mínimo esfuerzo por planteárselo. Cuando piensas en estos temas ¿Qué es lo primero que te grita tu interior? ¿Es un “No pero es que…” o más bien un “En realidad no lo había pensado”?
Hay muchos disfraces para tratar de disimular los discursos patriarcales: que amor es amor, que amar sin etiquetas, que no porque me gusta este voy a odiar al otro y un largo etcétera. Vale… amar sin etiquetas dices, pero no te sientes capaz de enamorarte del que trae las uñas pintadas, el pelo de fantasía y habla agudo ¿no? No es que lo odies o te caiga mal ni que lo desprecies, es solo que ‘no te gusta’ ¿cierto?
Si algo he aprendido sobre las conductas discriminatorias (y en buena parte gracias a la desnaturalización de la gordofobia) es que no basta con “odiar o rechazar” la femeneidad en los hombres para ser homofóbicx, pues el enaltecimiento de lo masculino sigue siendo un deje importante de machismo, de patriarcado, de homofobia, de segregación y de discriminación que sí o sí arrincona la femeneidad en hombres a un puesto de jerarquía inferior.
La invitación es siempre a reflexionar, cuestionar y desnaturalizar, a luchar contra lo incómodo que es reconocerse como parte del problema. Es ahí en nuestro rincón íntimo, privado y personal donde debemos indagar mejor, porque en los rincones es donde siempre se acumula la basura.
Preguntémonos qué tan nuestros son esos gustos, qué tan propios, qué tan independientes, qué tan invariables, qué tan ajenos a los discursos discriminatorios de afuera. Reflexionemos sobre cómo, sin querer, seguimos reproduciendo estándares estereotipados de lo que es deseable en base a modelos dominantes. De seguro cuando nos empecemos a incomodar por lo que vamos hallando en nuestro interior es cuando estaremos abriendo paso hacia construir un futuro mejor.
Es el miedo a ser el enemigo el que muchas veces nos bloquea, nos paraliza y provoca que aumenten nuestras resistencias y nos pongamos a la defensiva con otros y con nosotros mismos. Apuntémonos con el dedo a nosotros mismos frente al espejo, acusándonos de pecar pero sin miedo a ser crucificados. Sabemos que podemos mejorar y es esa búsqueda la que nos hará crecer y construir un ambiente cada día más flexible, tolerante e inclusivo.
Finalizo con breve frase popular que me quedó de un día en redes sociales: “Que tus gustos personales no sean el nuevo aparato discriminador”.
Gustavo Sarabia Gómez
Antofagasta, Chile
2020