El Oso Oscuro

Noche de bodas

Se escuchó la cadena del baño en la pieza y Mario abrió los ojos. Sus bigotes estaban apilados en las comisuras de su boca y cubiertos de baba. Entornó la mirada y vio una habitación que no era la suya, una cama que tenía el aroma de otro hombre y el pene adolorido. Agradeció que fuera solo el pene.

Era una pieza pequeña, dos puertas, una de ellas iba al baño. Paredes de papel almendra suave y cielo, blanco invierno (adoraba sus conocimientos en colores). Una televisión plana adosada a la pared de enfrente, generando esa sensación de ser una ventana a la noche, razón por lo cual no tiene televisor en su propia pieza. Cortinas cafés que iluminaban cálidamente, como si el sol estuviese afuera, pero con la resaca que aquejaba a Mario, se hacía molesto y nauseabundo.  La decoración de la pieza era similar a la de un departamento piloto. De pronto se abrió la puerta del baño y Mario recordó.

La noche estaba helada y, por más que Mario trató de llegar tarde a la misa del matrimonio de su jefe, tuvo la mala suerte que ésta se había retrasado. Para su pesar, el párroco aún no indicaba que los asistentes se dieran la paz del señor, momento que él más odiaba. Se conformó con la idea y tomó asiento. Su jefe y su novia estaban arrodillados en el altar escuchando las palabras del cura, quien parecía esforzarse por recordar un discurso de memoria. El sistema de audio estaba pésimo, provocando estridentes chirridos que los asistentes trataban de ignorar bajo sus trajes y estolas de piel. Había gente muy bien vestida y lamentaba no tener a alguno de sus amigos cerca para hablar de aquellos que no. Entre las calvas franciscanas y peinados elevados, una barba llamó la atención de Mario. Estaba sentado en la segunda fila y Mario en la 20, pero pudo apreciar cada detalle: parecía de 28 años, barbón y pelo corto negro; gordito, su panza se abría paso en el vestón; llevaba camisa celeste, pantalón beige y vestón azul marino, lo que es tenida casual, no apropiado para el contexto. Estaba sentado en el lado de la novia y a ratos abrazaba a una señora ¿su madre? Absorto en el delineado de su barba, el osito volvió la mirada a Mario, quien se asustó y miró a una estatua de la Virgen que estaba en el mismo campo visual, pero sentía que el joven aún lo miraba. Llevó sus ojos a él, le sonrió con una mueca y volvió la mirada a la señora. Mario no entendió lo sucedido, pero lo averiguaría.

Transcurrida la misa, los saludos correspondientes, la organización logística de los invitados, Mario llegó al hotel elegido para la recepción, cena y fiesta. Con una copa de espumante en la mano, miraba al gordito entre las cabezas de sus colegas, que habían formado un círculo del cual Mario era parte. El joven conversaba en su mayoría con señoras, tías, abuelas, mamá, no lo tenía claro. A veces Mario lograba hacer contacto visual con él, pero duraban menos de un segundo, ya que uno de sus colegas lo bloqueaba con su cabeza o llegaba alguien a saludar al barbón.

Entre las mesas, con altos arreglos de flores contenidos en floreros tubulares de vidrio morados, los invitados fueron tomando asiento. Mario esperó a que el gordito tomara asiento y se ubicó en su mesa con vista frente a él, así podría mirarlo casualmente toda la noche. Transcurridos los eventos propicios de un matrimonio, fotos, vals, cena, ramo, liga, llegó el momento donde la barra se abre y los invitados bailan. Mario no le sacó el ojo al osito. Ya sabía que era el hermano de la novia, venía solo y no se le veía polola desde hace rato. Mario saboreaba el Cabernet y se imaginaba separando los botones de esa ajustada camisa.

Entre bailes con sus colegas, Gonzalo (el nombre del osito, lo había escuchado cuando bailaban) se le perdió. Fue al baño, pretendiendo que orinaba notó que no estaba ahí. Salió al patio de fumadores: Gonzalo estaba solo. Mario, haciéndose el causal, sacó su caja de pitos pero antes que lo prendiera, Gonzalo le gritó:

  • ¡Amigo, no! – Mario se quedó estático casi asustado – ¡No fume solo, venga pa’cá! – Mario se acercó con el caño en su boca
  • Hola, me llamo Mario
  • Eh hola, me llamo Gonzalo – dijo riendo
  • ¿Qué pasa? – Mario no entendía
  • Se presentó tan formal, oiga, pero güeno se ve formal usted aunque se vea joven.

De a poco Gonzalo tomaba sentido en la cabeza de Mario: viene del campo, al igual que la familia de la novia; lo había invitado a fumar, lo miraba de reojo, recogía unos pocos cabellos que se le agrupaban frente a las orejas sin mucho contacto visual, como avergonzado, y su labio inferior se hacía más notorio, estaba coqueteando con él; su acento de campo y su poco conocimiento al vestirse para ocaciones demostraba poco interés en la moda y más por no salir de la casa desnudo.

  • Creo que le debí preguntar a alguien pa’ saber cómo vestirme
  • ¿Estás cómodo?
  • Eso es lo único importante
  • Estoi má’ cómodo sin ropa – río y bebió de la cerveza en su mano – es simpático usté, creía que la gente estiraá era pesaá
  • ¿Te parezco estira’o?
  • No, pa naá – bebió nuevamente sonriendo para sí – mi hermana es la novia
  • Mi jefe es el novio
  • ¿Usté’ vive aquí en Santiago?
  • Sí ¿quieres? – Mario le ofreció mariguana y Gonzalo tomó el pito y lo fumó con toda naturalidad, pero se ahogó y tosió por dos minutos
  • ¡Woooo! ¡Está buena esta, oiga! – dijo recuperando el aliente con lágrimas en los ojos y la cara enrojecida
  • Te invito una cerveza – lo tomó del hombro al entrar de vuelta al salón.

Juntos, Mario y Gonzalo, se convirtieron en el alma de la fiesta. Sacaron a bailar a las solteras, haciéndolas girar como trompos al son del merengue casi en perfecta sincronía; comenzaron la revolución de las corbatas en la frente, a lo que todos los varones de la fiesta siguieron, Mario no sabía dónde había sacado Gonzalo la corbata.Dieron las 5.20 de la mañana y la mayoría de los invitados se habían retirado. El novio bailaba con la novia en sus brazos, parecía que se había dormido o compartían de su intimidad mientras él le besaba la frente. Mario los miraba apoyado en uno de los pilares del salón cuando Gonzalo llegó del baño.

  • ¿Le queda un cigarro? – La música no estaba tan fuerte para que le hablara tan cerca del oído y Mario sintió la boca de Gonzalo muy cerca de su oreja
  • Sí, vamos – volvieron al área de fumadores y no había nadie
  • Parece que se jueron toos
  • Sí, ya es tarde
  • No pensé que usté fuera tan bueno pal carrete
  • No soy tan estira’o como pensabas
  • No pensaba que usté fuera estira’o
  • ¿Hasta cuándo me vas a decir usté? Tenemos la misma edad

Gonzalo fumó profundamente, miró a los ojos a Mario, fijo, como si sus pupilas se hubiesen dilatado, abrió la boca y el humo cayó de ella como el agua en las fauces de un cocodrilo. Botó el cigarro y se acercó a Mario, manteniendo un paso de distancia. Mario lo miró a los ojos, fumando aún.

  • ¿No le gusta? – dio un paso más,  apoyándose con su mano el torso de Mario, se acercó a su oído y acariciando levemente su oreja con la punta de su nariz, comenzó a susurrar – Podría decirle ¿qué es lo que usté quiere, pashrón? Yo zoy zu huazito campesho y hago lo que mi pashrón me diga – estiró su lengua y la pasó lentamente por el lóbulo, Mario sintió un escalofrío que lo recorrió como choque de corriente, volvió la cara a Gonzalo porque necesitaba probar su lengua, pero se alejó de su beso – Aquí no – y miró para el salón en buscado de alguna mirada intrusa, nada.
  • ¿Dónde?
  • Me quedo en el departamento de un primo que está de viaje, está a dos cuadritas ¿vamos?
  • Vamos

Salieron a la calle y no había un alma, sólo los acompañaba una fuerte corriente de viento. Llegaron al edificio y conforme los número del ascensor aumentaban, la tensión entre ambos crecía. No se quitaban los ojos de vista. La camisa de Gonzalo se veía más estirada en la panza que en su primera conversación, siendo las aberturas de la tela entre los botones más distantes que al principio. Gonzalo se percató de la mirada de Mario, llevó sus dedos al espacio la tela y tocó su ombligo, peludo y oscuro. Se volvieron a mirar, Mario avanzó un paso, admirando a Gonzalo que se esquinaba en el ascensor como un novillo a punto de ser corraleado en una Medialuna. Las puertas se abrieron, Gonzalo salió primero y pasó llevar la entrepierna de Mario, éste lo siguió hasta una puerta poco alejada del ascensor, sacó las llaves del bolsillo y rápidamente abrió la puertas.

 Ambos cuerpos se internaron en la oscuridad, buscándose uno al otro entre sombras. Gonzalo se había vuelto a esquinar, como esperando. Mario lo distinguió en la penumbra y se paró frente a él sin tocarlo.

  • ¿Harás lo que el patrón te diga?
  • Lo que quiera, pashroncito
  • Ábrete la camisa, de a poco – lo dedos de Gonzalo bajaron en linea recta desde el escote de su cuello y en la medida que iban abriéndose los botones, se iba revelando una piel que parecía ser de color acero, por el leve resplandor causado por las luces de la calle; sobre la piel de acero, pelos negros, muchos a la altura del pecho, los que terminaban en un vértice puntiagudo en el ombligo, a esta altura los botones saltaron al primer contacto con sus dedos, asomándose un vientre hermoso, carnoso, redondo, que se afirmaba a la hebilla del cinturón.

Mario se saboreaba al ver a Gonzalo, con la camisa abierta, arrinconado, con mirada inocente y calentona, como un tierno oso de peluche que pide ser abusado. Mario lo tomó por la hebilla y con su mano tiró de la correa y la liberó. Con el dedo del medio y el índice afirmó el botón del pantalón y con el pulgar, lo movió hacia el ojal, abriéndolo y dejando a la vista la pretina de su ropa interior. Manteniendo poca distancia, buscó la cremallera y la bajó lentamente. El sonido de los dientes metálicos llenó el silencio de la pieza, Gonzalo respiraba profundo, impresionado con la ligereza y precisión de la mano de Mario.  Soltó el cierre y subió su palma, tocando su verga, dura, bajo el slip, su vientre, su ombligo, su abdomen,  giró la muñeca y los dedo subieron por su pecho como un tractor que ara la tierra y, agarrando con firmeza los pelos que cabían en su mano, la empuñó y dio un pequeño golpe, como si tuviese un desfibrilador.

Gonzalo abrió levemente su boca, su labio inferior se veía mas carnoso y atraído al piso por la gravedad. Tomó su camisa, chaqueta incluida, y las dejó caer, revelando a Mario su anatomía de osito. Su pelo en pecho formaba un isósceles que apuntaba a su ombligo y comenzaba en sus hombro. Sus pechos, carnosos, triangulares, pequeños, con tetillas ovaladas y con el pezón hacia adentro. Su panza redonda, abundante, firme, dividida por un hilo de pelo que brotaba de su pecho. Gonzalo era hermoso y todo lo que necesitaba Mario.

Entraron a la pieza, las cortinas semi abiertas dejaban entrar la luz de postes y semáforos. Mario se sacó la camisa y chaqueta, pero mantuvo la corbata en la mano, mientras Gonzalo se sacaba los zapatos con ayuda de sus talones y se retiraba el pantalón con torpeza y calentura. Sin dejar de mirarse, Mario se sacó los zapatos a empujones y quedó sólo en bóxer, Gonzalo en calzoncillos. Ambos se miraban. Gonzalo se acercó hasta que sus panzas chocaron, Mario lo miró a la boca, sus labios gruesos le pedían con urgencia contacto, pero no quería perder ese momento, esa expectativa del primero beso. Se acercó hasta tocar su nariz y resopló en el bigote de Gonzalo, dejando que éste sintiera el olor a cigarros y alcohol. Mario llevó su mano izquierda la ubicó en el muslo de Gonzalo, se miraron a los ojos sin besarse.

  • ¿Harás lo que yo te diga? – susurró al momento que agarró con firmeza la muñeca de Gonzalo
  • Lo que me pida… pashroncito – hizo una mueca de sonrisa

Mario lo empujó con fuerza sobre la cama y Gonzalo, disparado por el aire, cayó causando un tsunami en el cobertor que hizo volar las almohadas. Se quedó paralizado, había miedo en sus ojos. Mario se abalanzó sobre él, apoyándose en la cama y con sus palmas a los lados de la cabeza de Gonzalo. Le sonrió y tomó una de sus manos, tomó la corbata e hizo un nudo en la muñeca temerosa del osito. Pasó la corbata por uno de las vigas que sostenía el respaldo de la cama e hizo un nudo en la otra muñeca.

 Gonzalo, atado, no intentó liberarse. Mario se irguió y lo miró sintiéndose un coloso a punto de destruir una ciudad entera. La respiración de su amante comenzó a aumentar el ritmo, su panza subía y bajaba acorde al ritmo de su corazón que parecía estar palpitando en el oído de Mario Volvió a bajar a la altura de la cara de Gonzalo y lo besó. Podía sentir como las rodillas de Gonzalo tiritaban, como su erección le comenzaba a punzar la entrepierna y como sus palpitaciones se aceleraban. Al dejar de besarlo, Gonzalo lo miró fijo y mordió su labio. Mario volvió a sonreírle y le dio un besito en el mentón, podía aún sentir el olor a trago y cigarro. Le besó el cuello, el pecho y una tetilla, que le costó encontrar al estar invertida, esto lo hizo gruñir levemente, como un oso durmiendo que estaba por despertarse. Mario estaba dispuesto a despertar al oso, era hora de picarlo con un palo y hacerlo gruñir: mordió la tetilla y se llevó en pleno el pecho a su boca. Gonzalo tensionó su cuerpo y gruñó más fuerte, Marcelo buscó con sus yemas la otra tetilla y la retorció, Gonzalo estiró sus labio disfrutando del placer y el dolor. Mario aplicó fuerza en sus dedos dientes hasta que se escuchó un “ay”, liberó a Gonzalo y le dio un besito en la tetilla.

 Mario bajó con su boca por el hilo de pelos hasta su ombligo. Apoyó el costado de su cara en el abdomen y acarició el vientre gordo del osito, dejando que la carne llenara sus manos hasta enterrar los dedos en ella. Se levantó para ver a Gonzalo en la penumbra de la pieza, amarrado a la cama, sus brazos gordos pegados a su cabeza, sus vellos corporales brillando por la escaza luz que venía de la calle y, a pesar de la oscuridad, pudo distinguir una mancha de humedad en su ropa interior. Tomó la pretina del slip y los bajó raudamente. La verga del osito se veía de ocho de largo y cuatro centímetros de ancho, aproximadamente, aún así Mario no la descartó; estaba erecta y mojada; el osito tenía mucho vello púbico, negro y suave; sus bolas, escondidas en el escroto, parecían la parte externa de un molusco adosado bajo su pene. Mario miró a Gonzalo, que estaba pendiente de las acciones de su patroncito, éste volvió a mirar la verga del osito y soltó de su boca una bola de saliva que cayó lento por su boca hasta caer en su glande. La baba bajó tranquila por el falo, Mario la sopló provocando que los pelos del osito se erizaran hasta que se la llevó a la boca. Gonzalo comenzó a moverse como si quisiera liberarse de sus ataduras, pero no pudo. Dentro de la boca de Mario, la verga jugaba con la lengua y los dientes, mezclándose con saliva y jugo pre seminal. Mario enterró fuerte su cara en la pelvis de Gonzalo, con la verga aún adentro, gozando de cómo la barriga peluda le acariciaba la cara. Mario sentía como su erección le pedía el culo de Gonzalo.

Mario se despegó rápidamente de la verga de Gonzalo, provocando un sonido de vacío con su boca, fluidos de ambos permanecían en la comisura de sus labios  y una gota en su barba. Tomó las piernas de Gonzalo y las elevó, doblándolo al punto que su panza parecía estar en su cuello. Lanzó un escupo al ano y lo siguió con su lengua, desplazándola de arriba hace abajo, sintiendo el sabor de cada poro en su piel. La misma esencia de Gonzalo estaba a merced de su amante. La respiración del osito se entrecortaba con los gemidos y gruñidos, sus puños estaban hacia adelante, tensando la corbata con fuerza, hasta que ésta cedió, soltándose de una de sus muñecas. Gonzalo puso su peso en la parte alta de su espalda, levantando más su culo y con sus manos trató de alcanzar las orejas de Mario, para enterrar más su cara en él, pero no fue necesario: la lengua de su amante parecía un obelisco que penetraba al osito y le causaba orgasmos.

Mario tomó por los lados la cadera de Gonzalo y lo dio vuelta, él arqueo su espalda exhibiendo frente a la cara de su amante sus abultadas nalgas. Mario se afirmó a ellas llenando sus manos con su carne y pelos, mientras que enterraba su cara en el delicioso culo del osito. Se levantó sobre sus rodillas, sosteniendo aún la cadera de Gonzalo. Posicionó su verga en la comisura de su culo y lo embistió continuamente, causando placer para sí mismo con el roce y al ver como el cuerpo del osito se movía en sincronía con sus arremetidas. La excitación de Mario le pedía entrar en Gonzalo, se separó de él y liberó una bola de saliva que cayó en su propio glande. Tanteó con él buscando la entrada a Gonzalo sin poder dar con ella, hasta que el osito cogió la verga de su amante y la posicionó donde él mismo la quería. Mario lo penetró suavemente, su erección le brindó la fuerza para abrirse camino entre las carnes de Gonzalo, quien gruñía y resoplaba con fuerza. Mario se vio a tope, tenía su verga completamente dentro del osito, la sentía palpitar y caliente. Se alejó de él hasta que tuvo la mitad de su verga fuera y lo arremetió con fuerza. Gonzalo se golpeó en la cara con el respaldo de la cama y sin darle tiempo de reaccionar, Mario lo volvió a coger, tomó distancia nuevamente y repitió su acción. Gonzalo gemía fuerte sin importancia de que alguien lo escuchara, disfrutaba de la verga de Mario y en cómo la presión que ejercía dentro suyo hacía que el dolor fuera delicioso, quería que fuera más grande y más fuerte, así que se aferró a la cama, bloqueando su posición con las rodillas y sus manos en el respaldo. Mario entendió la señal, lo tomó del pelo con fuerza, le agarró el cuello con la otra mano, cortándole un poco la respiración y lo folló con rudeza, tanto que el osito pensaba que no podría irse caminando.

Gonzalo se cerró la toalla alrededor de la cintura. Se veía refrescado por la ducha. El pelo, aún mojado, haciéndolo más sexy de cuando estaba en el matrimonio. Le sonrió a Mario y se sentó en la cama a su lado.

  • ¿Se siente bien, pashroncito? – su voz era distinta, salvo por el “pashroncito”, ninguna palabra más tenía acento de campo
  • Sí ¿entonces fingiste acento de campo para mí?
  • Soy actor y estoy en una producción de La Remolienda, por eso mi familia me siguió el juego toda la noche
  •  Y yo quedé como tonto
  • Pero un tonto lindo – Gonzalo besó suavemente los labios de Mario, quien sufría por la resaca pero se deleitaba con el olor a jabón que el osito emanaba.

El Oso Oscuro

Oso de tomo y lomo. Orgulloso y comprometido con la causa BEAR en Chile. En busca de exteriorizar, mediante la literatura, las emociones y los demonios que me visitan a diario. Mis cuentos tienen detalles morbosos y a veces groseros, cosa que me encanta, en contextos de la vida normal. Creo en la belleza fuera de los cánones tradicionales y en la maravilla de los clichés. Mister Oso Chile 2017 – Osos Chilenos.

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