El Oso Oscuro

Chacabuco

El calor de la noche se hacía presente como un ser vivo: caminada por las calles, golpeaba las hojas de los árboles y entibiaba la cerveza de Nicolás, que la había abierto recién y ya la sentía tibia. Pasó sus dedos gordos por su frente para limpiarla del sudor, pero sólo consiguió que éste bajase por los costados de su nariz hasta su bigote.

Eran casi las 10 de la noche de un caluroso jueves. Ninguno de sus amigos quiso salir o acompañarlo en casa. Conforme pasaron las horas, las cervezas iban menguando y su lívido creciendo. El aire acondicionado tampoco ayudaba pues parecía que el termostato no bajaría de 28. Tomó las llaves de su auto y salió, a lo que se dijo para sí mismo, “tomar aire”.

Nicolás se estacionó frente a los baños turcos. Se bajó del auto y puso atención en su reflejo sobre la brillante carrocería: sus canas le entregaban un leve brillo en una melena antes azabache, su barba no se movía con el correr del viento y parecía una enredadera negra contenida en forma cuadrada encima de su mandíbula; sus ojos marrones y pequeños sobre una nariz de amplias fosas le daba una mirada juvenil; su cuello grueso se adornaba en la base por una copiosa alfombra de pelos que se esparcía por su pecho, brazos, espalda, panza, trasero y piernas; los dos años de entrenamiento lo habían recompensado con amplios hombros, brazos gruesos, pecho prominente y duro; se había convertido en el hombre que una vez quiso ser.

El dependiente, un gordito de barba que no dejaba de admirarlo, le entregó una toalla, sandalias, y una llave. Se despidió de Nicolás con una sonrisa. Se dirigió a la cabina con el número de la llave. El público de aquella noche era en su mayoría hombres robustos, peludos y barbones, que miraban a Nicolás como carne nueva. Había hombres mayores, a quienes la edad y la gravedad no habían sido amables. Nicolás no los miraba con repudio, como los que frecuentaba el lugar pues pensaba en las vueltas de la vida, en lo que él una vez fue, en lo que es y en lo que será. El futuro no está asegurado.

Una vez desnudo, amarró la toalla a su cintura, se puso las sandalias y estiró el elástico de la llave por encima de su bíceps. Salió al pasillo, que se perdía en la distancia con puertas iguales de todas las cabinas. No había nadie a la vista. En la medida que se alejó, escuchó voces perdidas en el aire de conversaciones o gemidos, difíciles de identificar con el rechinar de sus sandalias en el piso de cerámica. Bajó las escaleras hasta llegar a lo que parecía ser un living. Pasó por un sofá con dos hombres de enormes panzas que detuvieron sus besos para verlo. Otros que estaban apoyados en la pared lo miraban mientras se tocaban lentamente partes del cuerpo. Nicolás no miró a nadie pues sabía que tras la puerta estaba la verdadera dulcería.

Entró a una sala de cerámicos con poca iluminación y que parecía ser un baño público en desuso. Al final habían dos puertas, una de ellas conducía al sauna seco, una pequeña sala de madera, con iluminación roja, temperatura seca y varios niveles donde habían hombres recostados, algunos de ellos sin toallas y otros disfrutando de sus cuerpos, encaramados como un grupo de gorilas desparasitándose.

La otra puerta conducía a una sala común, cubierta de cerámicos blancos. Tenía dos mesas con cuatro sillas metálicas a un costado, dos hombres de unos cincuenta años conversaban cerveza en mano, y fueron los primeros en notar la presencia de Nicolás. Al costado de la otra pared, una banca adosada con dos treintañeros corpulentos y peludos que miraban con hambre a un veinteañero que había llegado de otra puerta que daba a la sala común. Al fondo había tres lavamanos con respectivos espejos y luces individuales; en uno de ellos un hombre de alrededor de cuarenta años, musculoso, peludo, se lavaba el pecho y hacía contacto visual con Nicolás. Él notó las espinillas en su y pequeños moretones en sus bíceps. A Nicolás no le llamaba la atención alguien con un cuerpo obtenido de esa manera, pero sí le causaba morbo y miraba mucha pornografía de hombres con cuerpos parecidos a los del musculoso. Le devolvió la mirada con una mueca y el musculoso se apretó los pezones, dejando ver las venas en sus brazos. Nicolás miró a su derecha y vio la sala de las duchas, volvió la mirada al musculoso a través del reflejo del espejo, quien lo miraba fijo, y entró a las duchas.

La sala de duchas contaba con diez regaderas sin cortina y separadas por paredes de cerámico. Nicolás dejó su toalla colgada y entró a la ducha. El agua caliente reguló su temperatura, pasó la mano desde su pecho hasta su ingle, lavó su pene y se volvió para ver que, en la ducha de enfrente, el musculoso se duchaba dándole la espalda, pasando una palma con jabón por su cadera y flectándo el brazo, elevando el codo hacia arriba y dejando su puño en su nuca. Qué hermoso espécimen, pero sólo lo calentaba como si lo estuviese viendo desde su celular en el baño del trabajo. Esta noche él necesitaba algo más que el vago orgasmo que deja una masturbación en horario de oficina. Tomó la toalla cuando el musculoso aún seguía de espalda y se fue a las salas de vapor.

Las salas de vapor son tres: una grande con bancas adosadas a sus costados, toda de cerámica, que se tornaba celeste con la escasa iluminación que se escurre entre las densas nubes de vapor; una sala más pequeña, con poco vapor, iluminada por las luces externas y donde hombres corpulentos se sentaban unos al lado de otro, rozándose casualmente las piernas, estirándose de aparente cansancio, mirándose de forma lánguida, para entrar a la última sala; en ella, una gradería de tres niveles, donde reinan las sombras, el sexo anónimo y el sonido de las máquinas de vapor es reemplazado por respiraciones profundas y leves gemidos de quienes gozan de panzas y pelos.

Nicolás se adentró en la sala oscura. En la gradería había una pareja follando: un oso enorme estaba arrodillado, dejando que su panza y pecho se golpearan de frente con la estructura mientras un cazador lo penetraba; era delgado y las nalgas del oso lo superaban en diámetro, como si lo fuesen a rodear en un abrazo al embestirlo. Sentado un poco más allá, estaba el veinteañero que vio entrar cuando llegó a la sala común y los treintañeros, que lo miraron, le estaban mamando la verga mientras se masturbaban, con una mano y con la otra le apretaban las tetillas. El veinteañero era un cachorro, su pelo en pecho parecía pelusas que había dejado un sweater, medía alrededor de un metro setenta y debía pesar noventa kilos. Tenía pechos gordos y una panza que en un par de años más cubriría sus genitales. Su cara era muy linda, ojos pequeños, labios gruesos, nariz achatada; como de un niño que había salido del lecho materno y entrado al mundo que le destruiría todos sus encantos, hasta que nadie lo tome nunca más en cuenta.

Nicolás tomó asiento al medio, todos en la sala miraron cada paso que dio hasta la gradería. Abrió su toalla sin mirar a nadie y tomó su verga erecta con una mano. Cerró los ojos y apoyó su cabeza en una de las bancas. Uno de los treintañeros se separó del cachorro y se paró frente a Nicolás. Se notaba que iba al gimnasio por lo definido de su pecho y abdominales, su cara mostraba una mueca coqueta y su glande apuntaba directo a Nicolás. Él miró al cazador que seguía follando al oso y el treintañero volvió al cachorro, quien empezó chupar su glande, en vista del rechazo de Nicolás. A pesar de que no tenía ninguna intensión de mamársela, se calentó al ver como el cachorro lo hacía y la verga de Nicolás se erecto más, dejando asomar una perlita transparente en su punta. Se bajó el prepucio completamente y tocó la gota con su índice, estirándola en un hilito brillante que se rompió al acercar su dedo hasta a su lengua. Le encantaba el sabor de sus fluidos. Muchas veces, al masturbarse solo, lamía el semen que quedaba en su puño. Ese sabor agrio y salado lo excitaba aún más. Miró al frente y vio como lo que parecía una sombra en la pared tomaba forma y altura. Era un hombre con cuerpo de hombre. Era como un papá opus dei, de un metro ochenta y cinco; piernas gruesas; cadera y culo abundante; brazos de carne no musculosa y definida, sino fibrosa y amplia; pecho como el muro de ladrillos de unos crash dummies, así se vio chocando contra él; cuello grueso, como durmientes de tren; sonrisa amable, mirada noble; y cabello castaño, mojado por el valor. Su presencia era descollante para un lugar como aquel, sin embargo nadie lo había notado. Se acercó a Nicolás y le dijo “¿vamos a tu cabina?”. Nicolás no respondió, solo estiró la mano.

Salieron de la sala, atravesando miradas que Nicolás no notaba pues estaba fascinado con el movimiento de omóplatos en la espalda de su acompañante y como varias pecas bailaban sobre ella.

– Me llamo Esteban – dijo deteniendo su paso frente a las escaleras y girándose para ver a Nicolás, quien notó sus ojos celestes y su nariz, grande, gruesa y con carácter
– Nico… – iba a decir algo más pero de pronto se vio con los delgados labios de Esteban rozándole su nariz
– ¿Vamos a tu cabina? – dejando que su aliento bañara la cara de Nicolás
– Ya me preguntaste eso
– Aún no me respondes
– No creo que sea necesario – Nicolás se levantó sobre sus dedos para alcanzar los labios de Esteban que respondieron introduciéndole la lengua; su saliva era dulce, como si hubiese tomado recién una Fanta; Nicolás apretó ligeramente una tetilla y Esteban liberó aire de su nariz, se separaron y miraron a los ojos – Mi cabina está arriba – le tomó la mano y lo llevó.

En la toalla de Esteban se notaba una sombra generada por su erección. Sus ojos recorrían el cuerpo de Nicolás mientras mordía su labio inferior. Dejó caer la toalla para presentarle su verga, circuncidada, de donde empezó a caer un hilito de líquido brillante. Se la tomó con una mano que hundió en su ingle y para apreciar el verdadero tamaño y grosor de ella. Nicolás se acercó y se arrodilló sin quitarle la vista de los ojos. Sacó la lengua y tomó el líquido con la punta, estirándolo para mostrárselo a Esteban, éste estiró la boca y dejó soltar un ligero “ufff”. Nicolás abrió completamente su boca y devoró la verga de Esteban. Se notaba que había pasado por la ducha porque el sabor de la piel era puro, como el olor de un recién nacido. Sentía las venas hinchadas y el tronco central duro, rozándole los dientes. Le dio una mirada que Esteban respondió con una sonrisa, abrió la boca y enterró su cara contra la panza. El olor era extasiante y la piel de su barriga estaba tibia. El glande de Esteban se ubicó entre las amígdalas de Nicolás, provocándole una fuerte arcada que expulsó la verga, dejándola cubierta de hilos gruesos de saliva que parecía espuma. Levantó la vista a Esteban que lo miraba con calentura y placer, lo tomó de las caderas, alzó una mano hasta su espalda y lo empujó contra la camilla. Esteban cayó apoyándose con sus manos y levantó su culo. Nicolás lo admiró con restos de saliva en su boca. Recordó una estatua hecha en mármol cuando vio el trasero de Esteban: era lampiño salvo por la ranura entre las nalgas; grande, rectangular a los lados pero redondo y protuberante; firme, al apretarlo poca carne avanzó en sus palmas, estaba duro igual que la verga de Nicolás. Pasó la lengua por una nalga, sintiendo como la respiración de Esteban se hacía más sonora. Mordió la nalga y le dio una fuerte palmada a la otra, Esteban jadeó y gimió levemente con el eco de la nalgada. Nicolás abrió su culo y entre el vello vio el ano de Esteban: rosado, apretado, limpio, carne tersa que lo llamaba. Lanzó un sonoro escupo y puso su lengua como torpedo. Al contacto Esteban arqueó la espalda y estiró su cuello gimiendo suavemente. Nicolás entraba con su lengua, sintiendo el sabor de Esteban, dulce, claro, suave, como la piel de un durazno conservero. Sacó la lengua, escupió, lo tocó con un dedo en ritmo circular, pasó su barba fuertemente con el mentón, volvió a meter la lengua; repitió esto unas cinco veces alternando las acciones y aumentando la intensisas, causando placer a Esteban que le repetía “métemelo, métemelo”, pero Nicolás quería que estuviera más caliente. Volvió a abrir las nalgas de Esteban y vio cómo su ano, mojado, rojo por el roce de la barba, estaba abierto y hacía contracciones, como la boca de un pez.

Nicolás se puso de pie. Esteban lo miró por sobre su hombro, su cara estaba roja y sudada; la cabina no tenía ventilación y el calor de sus cuerpos se condensaba dentro de ella. Nicolás puso un condón en su verga y se la mostró a Esteban, quien mordió sus labios. No había mucha luz por lo que falló en los primeros intentos de hacer contacto con su ano. Esteban tomó su verga, le sonrió y susurró “deje que yo me atienda”. Qué bien se conocía Esteban su propio cuerpo: en cuanto ubicó la verga de Nicolás en su ano, este comenzó a comérsela de a poco, como si una serpiente se la estuviera tragando. Esteban gemía de placer y quería gritarle “¡eres increíble!” Pero mantuvo la cara de macho caliente que tenía a su amante ardiendo. En el último tramo de su verga, Esteban movió de golpe su cadera hacía adelante, llevando a que el torso de Nicolás chocara contra su espalda. Esteban miró a Nicolás con una sonrisa, dando el vamos a su macho.

Nicolás sentía su verga en contacto con la carne de Esteban, como si no hubiese condón. Sentía sus paredes apretadas y calientes. Esteban gemía sin control, enterraba los dedos la camilla con fuerza y encorvaba aún más su espalda, dejando que la verga entrase recta en él. Nicolás gruñía y resoplaba fuerte en la espalda de Esteban y veía como las gotas de sudor bajaban de su nuca hasta su cadera, perdiéndose con los golpes de la panza de Nicolás. La espalda de Esteban tenía pocos pelos y unos surcos muy marcados bajo sus omóplatos; el sudor lo había vuelto brilloso, como un ser hecho de látex rosado. Nicolás comenzó a sentir las cosquillas del orgasmo, pero no quería acabar aún.

Se separó de Esteban, lo tomó de los hombros, lo dio vuelta, vio su cara roja, con la boca abierta y jadeante, los ojos semi abiertos y lo empujó a la camilla. Le tomó las piernas y las levantó. Lo penetró de inmediato y se afirmó de su pecho. La verga de Esteban estaba dura, mojada y chocaba contra su panza cuando Nicolás lo embestía. Estaba afirmado con sus palmas a la pared para no golpearse la cabeza. Nicolás tomó su verga y empezó a masturbarlo. Transpiración caía como lluvia en la panza de Esteban, más sudor caía por su frente y gemía como si lo estuviesen matando. Nicolás comenzó a pensar en su abuela porque sentía el semen acumulándose en la base de su verga, entonces Esteban le dijo “voy a acabar”; perfecto. La leche de Esteban llegó a la pared, su mentón y terminó de vaciarse en su ombligo entre gemidos de dolor y placer. Nicolás aún no acababa y Esteban lo expulsó con su orgasmo. Al terminar de acabar, vio a su amante y se escurrió por la camilla, cayendo en el piso encuclillado; retiró el condón de Nicolás y comenzó a mamársela con toda la velocidad que su cuello le daba. Fue como si le hubiesen disparado en el cerebro: todo su cuerpo quedó inmóvil y sentía lentamente como su semen salía y llegaba a las entrañas de Esteban.
Cuando pudo abrir los ojos vio a Esteban sonriendo. Aún tenía una gota de semen en su barba, la que Nicolás tomó con su verga y se la presentó a su amante. Esté la chupó provocando risas en su amante.

– ¿Le gustó?
– Un poco – Esteban río y, con la verga de Nicolás aún en su mano, la siguió chupando
– Dame un segundito – Esteban se puso de pie, salió de la cabina y llamó a uno de los jóvenes que estaba barriendo el pasillo – Dile al Christopher que baje la calefacción de aquí arriba.

Nicolás, desnudo y con su verga en proceso de normalización, miró extrañado a Esteban quien volvió a sonreír como si fuera un niño descubierto en su fechoría.

– Hay que atender bien a los clientes
– Me hubieses dejado entrar gratis – Esteban chocó su panza contra la de Nicolás y descansó sus brazos en sus hombros
– Usted puede entrar gratis cuando quiera, sobre todo en mí.

Ambos se besaron mientras la puerta de la cabina se cerraba, haciendo eco en un pasillo donde los gemidos se escuchaban como fantasmas.

El Oso Oscuro

Oso de tomo y lomo. Orgulloso y comprometido con la causa BEAR en Chile. En busca de exteriorizar, mediante la literatura, las emociones y los demonios que me visitan a diario. Mis cuentos tienen detalles morbosos y a veces groseros, cosa que me encanta, en contextos de la vida normal. Creo en la belleza fuera de los cánones tradicionales y en la maravilla de los clichés. Mister Oso Chile 2017 – Osos Chilenos.

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