Opinión

Tengo miedo…

Tengo miedo. Fuera de los inesperados resultados de esta última votación. Fuera de los chistes, de los memes y de la chacota que pueda surgir: hoy tengo miedo. Miedo por mi propia seguridad (y la de muchos más). Un terror visceral que no esperé iba a experimentar en Chile. Un terror intangible, pero que hoy es más real que nunca y que me tiene a esta hora escribiendo. La incertidumbre de lo que pueda llegar a ser de mí en los próximos meses o años.

Ya tenía claro que no puedo casarme. No puedo adoptar. No puedo formar una familia. Hasta ahora tenía claro la limitación de mis derechos. En cierta forma podía tragármelo. Nunca aceptarlo, pero al menos convivir con ello. Pero el retroceso que vivimos esta noche como país atenta contra una libertad mucho más primordial: el derecho a ser. A la vida, la seguridad y el bienestar personal.

Y no. No me imagino a la Gestapo entrando a mi casa a matarme el próximo 11 de marzo, una terapia de conversión ni un empalamiento en la plaza pública. Pero si un potencial daño hacia mi persona. Por algo tan simple como caminar por la calle tomado de la mano de alguien de mí mismo sexo.

Tengo la dicha de decir que soy un hombre cisgénero homosexual cuyo máximo miedo es que le gritaran insultos a lo lejos o le lanzaran una no tan bien disimulada mirada de desprecio por parte de gente de edad algo más avanzada (o a veces cercana a la mía). Hasta hoy puedo decir que me sentía “seguro”. “Protegido” por mi entorno. Que ante cualquier amenaza me vería apoyado por el resto. Una especie de escudo invisible ante la intolerancia y la homofobia, pues estas conductas no eran “socialmente bien vistas o aceptadas”. Este día eso cambia.

La gente tiende a reprimir lo que piensa cuando se siente minoría. Cuando siente que nadie los “banca”. Pero quizás la próxima vez, a luz de las recientes elecciones, cuando vean que ya no son tan pocos como creían, quizás no les de tanta vergüenza como antes. Tal vez se sentirán más empoderados y echarán por tierra esas ataduras que los frenaban de expresar y hacer lo que sienten hacía para con nosotros: Un profundo repudio y desprecio a nuestra existencia. A lo que me gusta. A lo que NO elegí ser. Pero tampoco cambiaría. A lo que yo mismo reprimí por muchos años y no estoy dispuesto a volver a hacer. He ahí mi miedo.

Soy afortunado. Tengo la tranquilidad de decir que nadie me ha hecho daño. Pero otres no pueden decir lo mismo. No están vivos para hacerlo. Daniel, Vicente, Mónica y muchos otros nombres dan cuenta de ello. Ojalá no llegar a ser parte de esa lista. Ojalá que mi nombre (y el de cualquier otro) no esté nunca en el titular de un crimen de odio o en el título de alguna ley anti-discriminación.

Lo más triste y doloroso, creo yo, es ver a gente de la misma comunidad quien avala que sus propios derechos y libertades se vean mermados. El mayor triunfo del opresor es cuando quien es oprimido aceptar serlo abiertamente, sin resistencia.

En este momento les mando (a quien lo necesite) un abrazo a todas, todos y todes. Es un momento triste. Lo sé. Pero no todo está perdido. Esperemos que más pronto que nunca sea el amor y la tolerancia lo que prevalezca. Todavía tengo esperanza de que en unos 100 años la homofobia sea una anécdota incomoda en los libros de historia (como en su minuto lo fue la esclavitud, las grandes persecuciones del siglo XX o la inquisición). Que este desandar del día de hoy sea el impulso necesario para saltar mucho más hacia adelante en la concretización de una verdadera sociedad inclusiva.

Solo queda decir, amigo, amiga, amigue: no estás solo.

Camilo Piñeros Olaya
@cpineroso

Revista Clóset

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