Opinión

En contexto de la conmemoración 53 del golpe de Estado, extiendo a ustedes esta columna reflexiva

La bandera es un perímetro donde no cabemos todos. Tras el espejismo constitucional y los giros de timón pos 2019, la retórica oficialista ha intentado convencernos de que la patria se reducía a un pacto de convivencia, a una suerte de comunidad bienintencionada. ¿La bandera son los amigos que hicimos en el camino? Lo dudo.

Lo que la realidad nos ha enrostrado con crudeza es que la «nueva normalidad» no vino a sanar las fracturas de nuestra historia, sino a blindar, con meticulosidad institucional, la asimetría de poder dentro de este supuesto jardín del Edén que es Chile.

Este perímetro telar es bien concreto y afecta, para bien o para mal, a todas las personas que convivimos en esta faja de tierra. «Provincia señalada», que diría Ercilla; un espacio donde se ha suscitado un devenir político deplorable que va desde la gran fractura nacional en el indigno 11 de septiembre de 1973, hasta la investidura de José Antonio Kast como presidente el 11 de marzo de este año.

No es que la bandera no alcance, no es que esta tierra en definitiva no pueda ser para todos. Lo que define a la desafección patriótica del Estado hacia la ciudadanía es que este ya no opera ni dialoga con ella. Estamos ante la cimentación de un modelo donde las discusiones de tú a tú se dan entre la figura estatal, las élites locales y las corporaciones transnacionales.

Dichos elementos son demasiado grandes para lo que debería abarcar la bandera; es por ello que rompen ese perímetro y dejan atrás a un sinnúmero de ciudadanos. Por dar un ejemplo burdo: con las pocas medidas ejecutadas por nuestro flamante presidente, podemos olvidarnos de celebrar las Fiestas Patrias en familia; adiós al súper feriado, adiós a la fiesta colectiva. Todo este ejercicio doliente, porque ha sido una agonía de 53 años, nos trae una amarga expectativa.

No podemos fiarnos de los representantes de los sectores políticos, ya sean tradicionales o renovadores; todos saben en qué lado de la mesa sentarse y cómo darse la mano bajo el mantel. No importa cuánto discurso o capital moral lleven consigo: para gobernar sabrán mediar como yanaconas con quien corresponda. La gobernabilidad se ha vuelto un juego de estratagemas comunicacionales y una ilusión de posturas confrontadas. No perdimos una nueva constitución, como lloran los progresistas; no perdimos el sentido común, como alucinan los conservadores. Perdimos la agencia civil sobre el porvenir de la república y, con ello, también nuestro lugar en la bandera, que hoy debemos aprender a reconstruir en la trama colectiva.

Por @gala.andromedae

Revista Clóset

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